Normalmente, este blog se centra en la belleza monumental y cultural de Estambul y Turquía, pero amar este país lleva implícito odiarlo en ocasiones, un dolor que emerge de la barbarie que de forma regular se lleva impunemente a cientos de ciudadanos turcos, los cuales mueren a manos de aquellos que a través de las armas o los atentados dictan su verdad suprema.

A lo largo de mi profundo vínculo con Turquía he vivido esta situación en innumerables ocasiones, pero el reciente atentado ocurrido en el Centro cultural Amara en Suruç me ha dolido, especialmente, una sensación de rabia que nace de la brutalidad y del sin sentido de este obsceno acto de violencia. (Quien no haya vista las imágenes del atentado y tenga estómago para verlas, puede verlas pinchando en el siguiente enlace)
El resultado de esta masacre fue una treintena de muertos y cientos de heridos, mayoritariamente jóvenes idealistas kurdos, que se reunían mientras esperaban permiso para cruzar la frontera con Siria y entregar ayuda humanitaria y juguetes a la ciudad de Kobane. Las pesquisas apuntan que detrás del ataque está el Estado Islámico, pero también muchos fanáticos que en Turquía lo apoyan y sustentan económicamente.
No quiero hacer distinciones entre muertos y soy consciente de que estos atentados así como otros cientos de barbaridades acontecen a diario en Siria y de hecho es hacía allí donde debemos mirar nuestra consternación, porque lo que aparece detrás de todo esto es un conflicto en el que la sociedad internacional parece haber abandonado a su suerte; como seres humanos no podemos seguir mirando hacía otro lado, como ya dije en otras ocasiones va siendo hora de que la guerra no nos sea indiferente.

Actualizado el 22 julio, 2015.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño


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