La muerte del adolescente Berkin Elvan en Estambul, nos ha vuelto a rememorar los graves disturbios que se produjeron el año pasado en Turquía a raíz de la polémica construcción de un centro comercial en el Parque Gezi en Taksim.
Las manifestaciones han vuelto a las calles, y media Turquía homenajea a este joven cuyo único delito fue el querer ir a comprar el pan en un momento inadecuado. Fue alcanzado en la cabeza por un bote lacrimógeno de la policía, permaneciendo 269 días en coma hasta que finalmente falleció.
Quizá el caso de este joven sea el ejemplo más claro del peligro de la violencia policial desmedida, ya que la necesidad de mantener el orden público nunca puede prevalecer sobre la sensatez y los derechos ciudadanos. Las pelotas de goma y el gas lacrimógeno son recursos de defensa, no de ataque, pues no son inocuos y representan un peligro inherente, como se ha evidenciado no solo en la muerte de Berkin Elvan, sino también en la de otros muchos manifestantes y policías.
Esta poderosa arma debe ser controlada judicialmente y no usada arbitrariamente por el gobierno. Queda la sensación de que en Turquía algunas muertes siempre quedan impunes, especialmente si afectan a determinadas comunidades o grupos políticos. Es hora de que la impunidad desaparezca y que los responsables —que no siempre son quienes disparan— sean condenados. Turquía no puede permitirse que ningún Berkin Elvan más muera sin respuestas; es hora de que la justicia sea realmente justicia. ¡Nunca más!

Actualizado el 13 marzo,2014.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño


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