El español es una lengua especialmente rica en refranes populares vinculados a San Blas, como el conocido «Por San Blas, la cigüeña verás», así como a su festividad, que se celebra el 3 de febrero en la Iglesia católica y el 11 de febrero en otras confesiones cristianas. Sin embargo, son pocos quienes conocen la vida de este santo, célebre por sus curaciones milagrosas y su papel como protector de las enfermedades de la garganta, así como el hecho de que nació en la actual Turquía, en la antigua ciudad de Sebaste, perteneciente en aquel tiempo al Imperio romano y conocida hoy como Sivas.

Anatolia, por su estratégica ubicación geográfica entre Oriente y Occidente, fue uno de los principales epicentros del cristianismo primitivo. De estas tierras proceden figuras veneradas de la Iglesia como San Nicolás o San Jorge, nacidos en el territorio que hoy ocupa la actual Turquía.
No obstante, conviene recordar que durante los primeros siglos del cristianismo —hasta su legalización en tiempos del emperador Constantino I— esta región distaba mucho de ser un lugar seguro para los predicadores de la nueva fe. Los cristianos eran objeto de persecuciones sistemáticas, y San Blas no fue una excepción. Aunque su fe nunca se quebró, el santo se vio obligado a vivir oculto durante gran parte de su vida, hasta que finalmente fue capturado y martirizado en el año 316.
Una figura carismática y querida
Blas de Sebaste (Sebasteli Vlas en turco) procedía de una familia cristiana acomodada, circunstancia que le permitió formarse como médico y ejercer la profesión. Gracias a su dedicación y buen hacer, Blas se convirtió en una figura carismática y respetada, una influencia social que aprovechó para predicar el Evangelio. Su prestigio dentro de la comunidad llegó a ser tan grande que, siendo aún muy joven, fue ordenado obispo por unanimidad, con el respaldo tanto del clero como del pueblo.
Vida eremita
Ejerció como obispo de Sebaste hasta que la gran persecución de Diocleciano —la última y más violenta persecución contra los cristianos durante el Imperio romano— lo obligó a autoexiliarse. A partir de entonces comenzó a vivir como eremita en una cueva del monte Argeo, desde donde continuó sanando y ofreciendo apoyo espiritual a los cristianos perseguidos.
Durante su vida como ermitaño, San Blas estableció un estrecho vínculo con los animales salvajes, que, según la tradición, acudían a él cuando estaban heridos para ser curados. Cuenta la leyenda que un día un grupo de cazadores, encargados de capturar fieras para unos juegos, se encontró con varios animales reunidos en torno al santo. Al percibir sus intenciones, San Blas ahuyentó a las bestias para evitar que fueran capturadas.
Este gesto noble fue recibido con rencor por los cazadores, quienes decidieron apresarlo y entregarlo a Agrícola, entonces gobernador de Capadocia.
Curaciones milagrosas y martirio de San Blas
Según relata la tradición, durante el traslado desde la montaña hasta el palacio del gobernador —trayecto en el que San Blas recibió numerosas muestras de afecto popular— realizó varias curaciones milagrosas. Entre ellas destaca especialmente aquella en la que salvó a un niño de morir asfixiado al extraerle una espina clavada en la garganta.
Este milagro dio origen a la devoción a San Blas como patrón de los enfermos de la garganta y de los otorrinolaringólogos, y explica asimismo la costumbre de bendecir las gargantas en torno a su festividad litúrgica.
La tradición relata que, al descubrir el gobernador que el reo era un obispo cristiano, ordenó que fuera torturado con extrema crueldad. Sin embargo, San Blas de Sebaste se mantuvo firme y nunca renegó de su fe. Ante su resistencia, la autoridad romana intensificó el castigo y mandó que su cuerpo fuera desgarrado con un cardador de púas, instrumento habitualmente utilizado para peinar lana. Ni siquiera así logró quebrar su voluntad, por lo que finalmente fue decapitado, poniendo fin a su martirio y dando inicio a una devoción popular que, aún hoy, se encuentra ampliamente extendida por Europa y América.
Blas de Sebaste es, sin duda, una de las figuras más veneradas del cristianismo. Su vida, envuelta en la leyenda y el martirio, tuvo como escenario el territorio de la actual Turquía, recordándonos la importancia decisiva de Anatolia en la evolución, expansión y consolidación de la religión cristiana.

Actualizado el 21 enero,2026.
Publicado por Miguel Ángel Otero Soliño

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